Imagina por un momento que llevas unos lentes con un tinte oscuro, pero te los pusiste hace tanto tiempo que ya ni recuerdas cómo es el mundo sin ellos. Así pasa con la percepción que tenemos de nosotros mismos. Si en lo más profundo de tu ser no te consideras digno de amor, cariño o cuidado, por más que los demás te lo expresen, simplemente no lo vas a ver. El lente de la indignidad lo distorsiona todo.
Y es que cuando no te reconoces como alguien digno de amor, cualquier gesto positivo se vuelve sospechoso, o simplemente pasa desapercibido. En cambio, cualquier mirada indiferente, una crítica, un olvido o una mala interpretación se amplifica y se convierte en la confirmación de esa creencia dolorosa que te dice: “¿Ves? Nadie te quiere”.
Muchos de nosotros crecimos en ambientes donde el amor fue condicionado: “te quiero si sacas buenas notas”, “te abrazo si te portas bien”, “vales porque me haces quedar bien”. Y ese tipo de cariño, lejos de nutrir, siembra una semilla de duda: ¿soy amado por quien soy, o por lo que hago? Carl Rogers, uno de los padres de la psicología humanista, decía:
“La curiosa paradoja es que cuando me acepto tal como soy, entonces puedo cambiar”.
Pero, ¿cómo aceptar algo que te enseñaron a rechazar? ¿Cómo amar una parte de ti que toda la vida has tratado de ocultar? La respuesta comienza con conciencia y ternura. Porque no basta con darte cuenta de la herida; es necesario también aprender a hablarte con una voz nueva, una que no critique, sino que abrace.
Desde la neurociencia sabemos que el cerebro tiene un sesgo de negatividad: es decir, estamos más atentos a las amenazas que a las oportunidades. Esta fue una estrategia evolutiva útil para sobrevivir, pero en el mundo emocional puede ser un verdadero sabotaje.
Según el psicólogo Rick Hanson, las experiencias negativas se graban en nuestro cerebro como con “pegamento”, mientras que las positivas lo hacen como con “teflón”. Esto significa que necesitamos hacer un esfuerzo consciente para registrar lo bueno, porque lo malo se queda solo.
Y si además de ese sesgo biológico le sumas la creencia de que no mereces amor, el resultado es una visión del mundo en la que todo parece una amenaza emocional. Te vuelves hipersensible a las críticas, y casi inmune al cariño.
Porque recibir amor auténtico requiere vulnerabilidad. Y si te sientes roto, inadecuado o insuficiente, lo último que quieres es exponerte. Entonces desarrollas defensas: te haces el fuerte, el indiferente, el sarcástico… o incluso te aíslas. Todo esto para no volver a sentir el dolor del rechazo o del abandono.
Pero lo paradójico es que mientras más te proteges, más solo te sientes. Como decía Brené Brown, investigadora sobre vulnerabilidad y conexión:
“No puedes adormecer selectivamente las emociones. Cuando adormecemos el dolor, también adormecemos la alegría, la gratitud y la felicidad.”
Y eso es lo que ocurre: para evitar el dolor de no sentirte amado, bloqueas también la posibilidad de ser realmente amado.
En terapia, muchas personas llegan con una sensación de vacío que no logran explicar. Tienen relaciones, trabajan, logran metas… pero por dentro sienten que algo falta. Y lo que falta muchas veces no es el amor de otros, sino la capacidad de reconocerlo.
No es que la vida no te haya ofrecido cariño. Es que no pudiste recibirlo.
Y esto no es una culpa, es una consecuencia. Si desde temprano aprendiste a ver la vida con ese lente de indignidad, es natural que tu cerebro haya filtrado lo amoroso y amplificado lo hostil. Pero eso se puede trabajar. Se puede sanar.
Reconocerte como un ser digno de amor no es un acto de arrogancia, sino de justicia interna. No se trata de convertirte en alguien perfecto o admirable, sino de aceptarte con todas tus heridas, tus luces y tus sombras, y aún así decir: “Soy merecedor de amor”.
No por lo que haces. No por lo que logras. Sino porque existes.
Y cuando empiezas a darte ese lugar, algo sutil cambia: empiezas a notar gestos que antes ignorabas. La mirada de un amigo, el mensaje inesperado, la mano que te ofrece ayuda. Poco a poco, el mundo deja de parecer un lugar hostil y comienza a mostrarse más amable.
Un estudio publicado en Personality and Social Psychology Bulletin encontró que las personas con una alta autoestima no solo se sienten mejor consigo mismas, sino que también interpretan de manera más positiva las interacciones sociales y tienen relaciones más estables. Esto no significa que sean “mejores”, sino que tienen un lente más limpio, menos contaminado por el miedo al rechazo.
Y es que cuando te sabes digno de amor, ya no necesitas buscar señales constantes de aprobación. Puedes estar en paz contigo y eso te da una base más sólida para conectar con otros.
Te propongo algo muy simple: durante los próximos días, registra conscientemente cada acto de amor o cariño que recibas, por pequeño que sea. Una sonrisa, un mensaje amable, alguien que te escucha. Al principio puede costarte verlo, pero si lo practicas, empezarás a reeducar a tu mente.
Y cada noche, al acostarte, repítete esta frase (o una parecida): “Estoy aprendiendo a ver el amor que me rodea. Y aunque no siempre lo reconozca, estoy dispuesto a recibirlo.”
Este tipo de afirmaciones no son varitas mágicas, pero sí son semillas que abren espacio a nuevas percepciones.
Si algo he aprendido después de años de escuchar historias, de acompañar procesos, de escribir sobre el alma humana, es esto: todo amor verdadero comienza con uno mismo. No desde el ego, sino desde el reconocimiento honesto de que todos —sí, todos— somos dignos de afecto, cuidado y ternura.
El camino para sanar esta herida puede ser largo, pero vale cada paso. Porque cuando te reconcilias contigo, cuando logras verte con amor, el mundo deja de ser un enemigo, y se convierte en un espejo más compasivo.
Y tal vez entonces, por primera vez, puedas ver que nunca estuviste tan solo como pensabas.
¿Te ha resultado útil este artículo? ¡Compártelo con otros!